La Conquista Interminable

He pintado sobre una simple pero sagrada corteza de un árbol: el amate, de ahí el nombre de la serie. En esa hoja dibujaron sus códices los aztecas  para enseñarnos su historia. He querido que este mismo soporte me sirva para decir algo  sobre la vida del hombre en ésta América del Sur.

Ante todo, pinto murales, más a estos no siempre se los puede ver. Por otra parte, las instituciones que debieran auspiciarlos  no quieren comprometerse con el mensaje permanente de nuestra realidad. Siempre he pintado para decir algo, no comparto la posición de un arte por el arte mismo, menos con banales juegos formales que se revisten de seriedad emocional para no comunicarnos nada.

Se dice: “si pintas para que hablas”, pese a ello quiero reforzar esta muestra empleando un lenguaje que no es el mío: la palabra escrita.

El choque de dos culturas hace 507 años después del descubrimiento de América, fue desigual y doloroso en este suelo sin nombre todavía. La conquista fue un hecho inevitable, nada pudo  la débil resistencia de los pueblos .El territorio de unos hombres, fue presa fácil de otros, el Dios de amor de los cristianos se olvidó del prójimo, la codicia del oro brilló en los atardeceres de un vasto continente.

En mis constantes andanzas por el mundo  he estado en contacto con los hombres  con los que hicieron y hacen la historia: con los cortadores de papel en la China milenaria, con los intocables de la India, con los egipcios de la Alta Nuvia y los negros de Africa esparcidos por el mundo. He estado también  en las reservaciones del norte, en los desiertos, en los viejos templos de México y Guatemala, en Nazca. Tihuanacu, Machu Pichu, donde el oro, la cruz y la espada solo dejaron ruinas.

Pero los sobrevivientes no olvidaron sus costumbres y sus dioses: el sol, la luna, el agua  y la tierra  eran y son de todos los hombres. Por ello, en este soporte he pintado su verdad, su angustia y su pasado, en homenaje a  millones de desaparecidos  en esta conquista que se hace interminable  a medida que transcurre el tiempo.

El hombre en el momento actual no es sino una pieza solitaria bien aprovechada  por un sistema en crisis que se diluye en medio de la avaricia y la corrupción del poder económico.

Los pueblos chicos de América, las etnias del oriente boliviano, las antiguas culturas andinas, revisan su apariencia y descubren que sólo tienen un ropaje  envejecido por el transcurso de 507 años  de espera en un juego de intereses mezquinos.

Fue una utopía creer que la vida habría de tener un significado equivalente después de la llegada de los hombres. Sólo fue y es riqueza para unos, exterminio, esclavitud y miseria para otros, los sobrevivientes gozan del beneficio de la espera. Recordamos los hechos de una historia con grandes lagunas  de olvido, pero no olvidamos  a nuestros héroes mujeres y hombres  que alucinados por la justicia, perdieron su libertad y su vida.

He visto a los pocos mineros en las profundidades del cerro rico  y recordado a los mitayos descritos por José Luís Capoche en “como se explotaban las minas en el Potosí” y he sentido la angustia de un pueblo que de tanto dar se quedó sin nada y el cerro símbolo de la patria, envidia del mundo entero que creó imperios, reinos, naciones y ciudades ; enmudece ante la indiferencia de una respuesta que no llega.

¿Oh ! pero también en otro espacio, en otro nivel infranqueable y cerrado, he visto y oído a los nuevos gestores de la libertad y la democracia, entre comillas, manejando complicadas computadoras,   moviendo fichas y nombres en un tablero infinito, cambiando las reglas del juego , descubriendo modelos económicos  que salvarán naciones -privatización, inversión extranjera- en suma globalización económica del poder, como único camino  para generar riqueza para unos y miseria para los más. Una democracia sin respeto a los derechos humanos, una justicia sin venda  en los ojos, mientras el hombre, el hombre de mi pueblo, sigue igual empecinado  en evitar esta conquista que se hace interminable. Por eso, porque no puedo hacer otra cosa sino intuir esta realidad , he pintado murales que son mitos y dibujado lo que ustedes ven para que no se olvide y se haga noche en la esperanza de los pueblos.

Walter Solón Romero 

La Paz, marzo de 1999