La conquista y colonización de estas tierras comenzó en 1942. No fue un descubrimiento, repetía Solón, fue una invasión, un saqueo y un genocidio de increíbles proporciones. El Tahuantinsuyo que contaba con catorce millones de habitantes quedó reducido para el siglo XVIII a una población de apenas un millón y medio de personas. La noche se apoderó de los Andes por la fuerza de la espada, la religión, las enfermedades y la tristeza que invadió a estos pueblos que sintieron que sus dioses los habían abandonado.

La codicia del oro y la plata fue la verdadera causa de tanta degradación humana. La fe católica se prestó a la mas grande cruzada contra un pueblo. Las civilizaciones andinas fueron despojadas de su rica historia e identidad y llamadas despectivamente “indios”. A diferencia de otros colonizadores, como los ingleses que consideraban a los habitantes originarios como razas impuras, los españoles iniciaron un proceso de mestizaje a través de la violación y las uniones extra-maritales con mujeres andinas. La esclavitud de los indígenas se combinó con la “encomienda”. Los “indios” fueron entregados a “encomenderos” españoles para quienes debían trabajar obligatoriamente a cambio de poder tener acceso a un pedazo de tierra para su auto-subsistencia.

El descubrimiento del cerro rico de Potosí llevó a la proliferación de la mita por la cuál los “indios” eran obligados a trabajar para la extracción de la plata por más 16 horas bajo tierra con sólo un puñado de hojas de coca. Solón recuerda que los españoles también obligaban a los indígenas a pisar la amalgama de plata y mercurio para aumentar la concentración del mineral. En la mita de Potosí murieron decenas de miles de mitayos. La ciudad de Potosí alcanzó en el año 1.645 una población de más de 160.000 habitantes, una cantidad muy superior a la población de Madrid en esa entonces.

Solón ha dedicado gran parte de su obra a este período trágico de nuestra historia para que la verdad no se olvide y siempre recordemos que tras el dolor hay esperanza.