Los Andes cobijaron a civilizaciones que existieron desde hace más de 6.000 años. La cultura Caral fue una de las primeras de las que se tiene conocimiento y que llegó a construir ciudades, con edificios monumentales a base de piedra, barro y materiales vegetales.

Luego les siguieron los Chiripa a orillas del lago Titicaca, los Pucara, la cultura Chavín, los Paracas, los Moche, los Wari hasta llegar a la civilización de Tiahuanaco que existió entre 1.580 a. C. y 1.187 d. C.

Solón vivía fascinado por estas primeras civilizaciones. Su cerámica, sus pirámides, sus monolitos, sus utensilios de madera, sus trepanaciones de cráneos recubiertas con placas de oro, sus tejidos de dos caras, sus murales en piedra…

Le fascinaba Tiahuanaco y su colapso misterioso debido a algún cataclismo o un largo período de sequía. Era un seguidor de ls deidad aymara del rayo, Tunupa, que vino a traer la sabiduría a los pueblos y que fue sacrificado por los poderosos de su tiempo en el lago Titicaca. Admiraba Machu Picchu, las leyendas sobre el origen del imperio Inca, sus increíbles sistemas de riego, la expansión del Tahuantinsuyo hasta convertirse en el más grande imperio que pobló este continente hasta la llegada de la cruz y la espada.

Solón retrató estas primeras civilizaciones de múltiples maneras: con sólo líneas enigmáticas, con cabezas de cóndores o pumas, con formas huecas que recogen de manera estilizada sus imágenes en cerámica o piedra, con colores terracota o grises morados que nos recuerdan a las grandes montañas, y con profundo respeto hacia lo que abría de ser menospreciado y saqueado por la conquista.