Mediodía en La Paz. Conversamos por teléfono y quedamos en vernos en la Central Obrera Boliviana. En El Prado. Donde hasta entonces estaban los murales de Miguel Alandia Pantoja. El golpe había empezado en Trinidad. Iba retrasado cuando escuché los disparos. Me detuve en la esquina de la Camacho y vi pasar a toda prisa las ambulancias. Se acababan de ir de la Federación de Mineros.

El minero Gualberto Vega estaba muerto. Había manchas de sangre en la acera. El comentario general era que a Marcelo Quiroga Santa Cruz le dispararon. A todos se los llevaron. En medio de las calles semivacías fui corriendo al departamento de los papás. La mamá no se encontraba. Llamamos a sus amigas. El papá trató de hablar con la presidenta Lidia Gueiler, que estaba asilada en la Nunciatura. Nadie sabía donde estaba la mamá.

La mañana del 17 de julio de 1980, una comunicación radial indicaba que se había llevado a efecto un levantamiento armado en la ciudad de Trinidad. Luego recibí una llamada telefónica en la cual me indicaban que la reunión del Comité Nacional de Defensa de la Democracia (CONADE) era a las diez de la mañana.
Yo asistía a las reuniones del CONADE en representación de la Unión de Mujeres de Bolivia, porque era miembro del comité ejecutivo nacional de esa organización. Entonces me apresuré a ir al Hospital Obrero donde recibía un tratamiento de fisioterapia por una lesión que tengo en la columna, razón por la que llegué tarde a la reunión del CONADE.
Descendí del colectivo frente al local de la Central Obrera Boliviana, entre las 11:10 y 11:20 de la mañana. Crucé la avenida. No advertí nada anormal, alcancé a subir algunos peldaños de las gradas que conducen de la calle al primer piso de la Central Obrera, y en ese momento escuché una voz que fuertemente decía: “A esa mujer”. Instintivamente me di la vuelta y vi en la puerta de la COB a tres personas: uno, el que me señalaba con la mano y otros dos que subían rápidamente. Me detuvieron. Me cogieron de los brazos. Me hicieron dar media vuelta y me condujeron a la ambulancia que se encontraba a algunos cuantos metros de la COB. Me introdujeron en la ambulancia torpemente. Me indicaron que debía sentarme en el suelo, -los vehículos estaban desmantelados-, que debía poner las manos en la nuca y agachar la cabeza. Cuando bajé, ya había cambiado un poco la fisionomía de la avenida, pude advertir la presencia de mucha gente armada vestida de civil.
Mientras estuve en la ambulancia, vi que había gente que se introdujo a la COB. Otros se quedaron en la calle. Todos disparando. Disparaban hacia el edificio. Ahí fue cuando rompieron los vidrios. También disparaban hacia arriba, tiros al aire para despejar a la gente amedrentada. Luego, unos diez o quince minutos después, aproximadamente, vi que conducían a don Juan Lechín y lo introducían a un jeep. A los pocos minutos vi bajar a otros miembros del CONADE; eran Germán Crespo, Cayetano Llobet, Simón Reyes, Wálter Vásquez Michel y dos jovencitas de aproximadamente 16 o17 años que posteriormente me enteré que eran funcionarias de la Federación de Mineros. En la ambulancia habían dos hombres fuertemente armados que nos apuntaban y con palabras soeces nos insultaban: “rojos de tal por cual, nadie de ustedes quedará con vida”.
Las ambulancias partieron raudamente, sin detenerse hasta el Estado Mayor, en Miraflores. Se detuvieron en un patio que dicen era la Sección II. Nos hicieron descender y ahí habían dos filas de personas que hacían una especie de calle de la amargura: nosotros pasábamos por el medio y recibíamos golpes, patadas, culatazos. Luego de eso entramos a un hall con piso de mosaico. Recuerdo, porque realmente la orden era no levantar la cabeza, poner las manos en la nuca, sin levantar la cabeza.
Estaban unos diez oficiales, aproximadamente, con sus trajes de campaña; escuché una voz que decía: “Ahí está mi general, lo que pensábamos hacer en dos días lo hemos hecho en veinte minutos”.
Luego nos ordenaron identificarnos, que nos sacáramos los zapatos y a los hombres los cinturones. Nos hicieron colocar la cara a la pared y continuaron los golpes, culatazos e insultos. Me dieron un golpe fuerte y mis lentes resbalaron. Traté de volverlos a colocar. En ese momento sentí otro culatazo. Una mano muy fuerte de un militar uniformado arañándome la cara me quitó los lentes los dobló con sus manos y los hizo pedazos.
Gladys Oroza de Solón

A pesar de los años, la mamá recuerda cada detalle. Las botas que perdió. La cartera donde tenía algo de comer. Lo que le robaron su anillo y su reloj. Cómo debido a un golpe en la cara perdió uno de los aretes que tenía una perla que le regaló el “Jó”.

Posteriormente nos condujeron a las caballerizas. Nos pusieron en el último compartimiento. Nos echaron de bruces sobre la bosta. El heno maloliente y húmedo. Mientras hombres uniformados y de civil nos apuntaban.
Teníamos noticias sobre la organización de los grupos paramilitares, pero recién pude comprobar que esas personas carecían de humanidad. Por ejemplo una de las jovencitas pidió ir la baño y le dijeron que no, que haga ahí mismo. Fuimos objeto de una serie de burlas, de vejámenes y comentarios deshonestos.
La posición en la que me encontraba, con la lesión en la columna, realmente era una tortura para mí, pero no podía moverme. Entonces dije: “tengo que bajar este brazo, no puedo más, pase lo que pase. Dios mío, ayúdame, tengo que bajar”. Lo bajé y en ese momento sentí que me rozaban nuevamente con el caño de un arma y me dijeron: “so tal por cual, ponga sus manos”, y entonces con voz de acento rioplatense, argentino, dijo: “al primero que se mueva, le aplicas  nomás ‘che’, la ley de fuga”.
Gladys Oroza de Solón

Al día siguiente, a través de algunos contactos en el ejército, el papá logró confirmar que la mamá estaba detenida en el Estado Mayor. La huelga general y el bloqueo de caminos contra el golpe se fueron debilitando. En la mina de Caracoles hubo una masacre. Juan Lechín Oquendo apareció junto al coronel Luis Arce Gómez llamando a suspender la huelga y el bloqueo de caminos. El golpe se había consolidado.

La mamá estaba mal. Nuestro primo, el Dr. José Veizaga, se enteró, a través de algunos colegas médicos, que la habían trasladado a la Clínica Virgen de Copacabana de la Policía. En su calidad de médico fue a esa clínica y fingió encontrarse por “casualidad” con su paciente doña Gladys. “¿Qué necesitas?”, “¡ropa limpia!”. Habían pasado casi diez días desde el 17 de julio. Al despedirse, la mamá le entregó un papelito doblado para el papá. La noticia nos llenó de alegría y la ropa limpia llegó a su destino.

Días después, la mamá pasó a estar bajo arresto domiciliario. Una mujer policía vestida de civil dormía en su mismo dormitorio.

En verdad no eran mujeres policías. Algunas eran esposas de expolicías que habían fallecido. Mujeres que habían sido contratadas para cuidar a las detenidas. Ellas eran controladas por las agentes que las llamaban y venían a visitar. Se turnaban cada 24 horas. Al final nos hicimos amigas con algunas de ellas. En particular mi hijo Walter. Les hablaba y hablaba y jugaban a las cartas. Así podía conversar a solas con Walter. Eran personas muy humildes. Me decían: “no se imagina lo que nos pasa sino accedemos a estar con ellos”.
Gladys Oroza de Solón

Un día de agosto me fui a despedir de la mamá haciéndome pasar por su sobrino.  Nos separamos con un beso y un fuerte abrazo. No sabíamos si nos volveríamos a encontrar.

Finalmente el 10 de octubre [después de 95 días] fue conducida al DOP [Departamento de Orden Político] donde le hicieron firmar un documento en el que decía que la ponían en libertad y que no había recibido ningún maltrato, pero le advirtieron que estaba vigilada y que en cualquier momento podía ser requerida por ellos.
Crítica a la dictadura del narcotráfico, ASOFAMD

El turno del papá

La alegría duró apenas horas. Al día siguiente llamaron por teléfono. Era para el papá. Le dijeron que tenía que presentarse en las oficinas de la Policía que están en la calle Sucre. Yo lo acompañé a la distancia para ver qué pasaba. Al llegar a la Sucre me encontré con varias de las mujeres policías que la habían custodiado a la mamá. “Waltico, ¿que haces aquí?”. Les dije que venía a hacer unos trámites a identificaciones y me puse a conversar con algunas de ellas mientras veía por una ventana que al papá lo metían a una oficina. Cuando hacía que llamar por teléfono vi que el papá salió de aquel lugar e hizo caer un papelito. Me acerqué disimuladamente y recogí el papel que decía algo así como: “es por el mural de la ‘U’ [universidad] y los Quijotes, me llevan al Estado Mayor.”
Walter Solón Romero Oroza

Dos militares observaban las fotos del mural Juana Azurduy de Padilla y los guerrilleros de la independencia. Un mural que el papá pintó junto a sus alumnos en la Facultad de Bellas Artes de la UMSA y que trata de la resistencia al golpe de Natusch Bush. En la mesa estaba también un ejemplar de El Quijote y los perros. Uno de los militares dijo: “a esta gente que hay que fondearla en el Lago Titicaca”. El papá se negó a dar las direcciones de sus alumnos. “Ustedes tienen más facilidad, busquen en la guía telefónica”, les dice Solón. Un militar gritó: “¡enciérrenlo a este hijo de puta!”.

En una celda junto a casi una veintena de detenidos, una persona reconoció a Solón: “¿se acuerda de mí? Con usted pintamos el mural”. Efectivamente, es el Julio, que de joven le ayudó a pintar el mural del Monumento a la Revolución Nacional, en el año 1963. Los agentes mimetizados entre los presos escucharon la conversación y creyeron que le ayudó a pintar el mural de Juana Azurduy en la universidad. ¡Pobre muchacho! Por un agujero en la pared miraban cómo torturaban al lado. ¡A Solón le amenazaron con cortarle las manos! En pedazos de papel el papá hace retratos de los paramilitares para apaciguarlos.

La mamá tocó todas las puertas a nivel nacional e internacional. Al cabo de unos días, Solón salió gracias a su prestigio como artista. El padre Miguel Guillganon los fue a esperar en su jeep a la salida del Estado Mayor. No había tiempo que perder. Había que asilarse inmediatamente. Vivieron unos días en la casa de huéspedes de la residencia del embajador de Alemania. Luego fueron a dormir en las oficinas de la embajada de Venezuela y al final salieron al exilio.

Salí al exilio a Lima, Perú, junto a mi esposo y mi hijo Walter. En esa oportunidad salieron del país muchos compañeros de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos y organizamos el Comité por la Defensa del Pueblo Boliviano. Publicamos boletines con denuncias de todas las violaciones a los derechos humanos que se cometían en el país.
Gladys Oroza de Solón

Solón respondió como sabía: ¡dibujando! En muy pocos meses tenía una nueva serie de dibujos a tinta china: “El Quijote en el Exilio”.

En enero de 1981, la mamá viajó a la primera reunión de familiares de detenidos desaparecidos de Latinoamérica que se realizó en San José, Costa Rica, organizada por el padre Juan Vives Suria. Allí se resolvió organizar la FEDEFAM (Federación Latinoamericana de Familiares de Detenidos Desaparecidos). En diciembre del mismo año viajó a Caracas, Venezuela, para la constitución orgánica de FEDEFAM. La nueva organización declaró al 30 de agosto como el “Día Internacional del Detenido Desaparecido”.

En Bolivia, la narcodictadura demolió el edificio de la Federación de Mineros en un vano intento de borrar la memoria histórica de la vanguardia minera. En la calle Harrington, 7 dirigentes del MIR fueron masacrados. Genero Flores, principal dirigente campesino, fue baleado y confinado a una silla de ruedas.  El aislamiento nacional e internacional de Garcia Meza era un hecho.

El general Torrelio le dio un golpe a García Meza a mediados de 1981. Casi un año después, el general Vildoso le dio otro golpe de Estado a Torrelio. A fines de 1982 la COB declaró una huelga general indefinida que obligó a los militares a entregar el gobierno al Congreso Nacional electo en 1980. El 10 de octubre de 1982, Hernán Siles Suazo de la Unidad Democrática y Popular, asumió la Presidencia de la República.

ASOFAMD

Regresamos al país cuando se restituyó la democracia con el gobierno de don Hernán Siles Suazo. Reuní a los familiares de detenidos desaparecidos y organizamos la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Mártires por la Liberación Nacional, ASOFAMD.
Después del episodio de Teoponte, un grupo de familiares dirigidos por doña María Luisa Bonadona se organizó bajo la denominación de “Mártires por la Liberación Nacional” para reclamar por los desaparecidos de esa guerrilla. Junto a ellos conformamos ASOFAMD.
Enterada de que se había organizado en Naciones Unidas la mesa de trabajo sobre desaparición forzada que dirigía el señor Theo Van Boger, le hice llegar la denuncia sobre lo que pasó con mi hijo José Carlos. Lamentablemente no obtuve ninguna respuesta.
En diciembre de 1983 en recordación al día de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Dr. Siles dictó un decreto por el que se creaba la Comisión para el Esclarecimiento de Ciudadanos Detenidos Desaparecidos que tuvo muy poca duración. Sin embargo, dos compañeros tuvieron acceso a los libros del cementerio y encontraron que durante los años de la dictadura de Banzer se había ingresado 14 cadáveres a ese recinto. Algunos tenían registrado su nombre y estaban enterrados en nichos. El resto en una fosa común.
Solicitamos los servicios de los forenses de la morgue. Lo hicieron de mal agrado porque destruyeron pruebas y en el cementerio no existía la infraestructura adecuada para este tipo de trabajo.
Fui presidenta de la departamental de La Paz de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos. Era una época difícil porque se dictó el Decreto 21060. Prestamos apoyo a los compañeros que venían en la Marcha por la Vida en 1985, con el equipo de médicos y llevándoles abarcas para muchos que venía caminando con los pies llagados.  Se organizaron también, en el colegio que dirigía la Hermana Ana María Ajuria, cursos para los alumnos en los que se les explicaba los 30 artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y su aplicación en diferentes situaciones de su vida.
En 1987 la Federación Internacional de los Derechos Humanos invitó a las organizaciones de derechos humanos para conmemorar el Bicentenario de la Revolución Francesa. Fui elegida por el Comité Ejecutivo de la APDH para representar a Bolivia en París. Fue una reunión a nivel mundial. Llevé cuadros con datos estadísticos sobre la situación socioeconómica de la población boliviana, especialmente de la niñez; asimismo informes demostrando la vulneración de los derechos humanos en el país y la mía en particular con la detención y desaparición de mi hijo José Carlos. Ese año, en un acto en el que se conmemoraba el aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, recibí de parte de la Asamblea Permanente la condecoración “Ana María Ajuria”.
Aproximadamente en 1988, el señor Luis Sandoval Morón inició una acción judicial en Santa Cruz en contra del señor Percy González, por el asesinato de dos de sus hermanos. Yo me adherí a dicho proceso solicitando que se ampliara la investigación porque Percy “Paye” González está implicado en lo sucedido con José Carlos. Dicho proceso judicial no prosperó.
Gladys Oroza de Solón