Hasta que llegó el día en el que ya no lo encontré más.
Gladys Oroza de Solón

El 2 de febrero de 1972 le llevé el almuerzo. Era casi medio día. Me senté como todos los días en un rinconcito a esperar que me devuelvan la cesta del almuerzo. Desde ese lugar se podía ver la puerta entreabierta de su celda. José Carlos disimuladamente abrió más la puerta y me hizo unas señas sobre el fondo de un mantel de rosas rojas que cubría la cesta. En ese momento no comprendí sus señas. Me extraño verlo con chompa, siendo así que hacía bastante calor.
Como a las dos de la tarde me buscó la esposa de uno de los detenidos que habían puesto en libertad. Me aconsejó comunicarme con la Cruz Roja. La noche anterior habían vuelto a golpear a José Carlos. A las 5 de la tarde recién la señora Gisela Brunn, presidenta de la Cruz Roja, estuvo dispuesta para acompañarme a El Pari. Elías Moreno, el carcelero, nos indicó que no se encontraba, que había sido conducido a la Central de la Policía juntamente con otros dos detenidos, Carlos López Adrián y Alfonso Toledo Rosales, para que les hicieran un nuevo interrogatorio. Esperamos… mas no retornaron.
En el transcurso de esa espera, le manifesté mi preocupación a la señora Brunn porque José Carlos se encontraba muy agripado. La noche anterior llovió mucho. Sabía que entraba agua por el techo de su celda. Ella pidió ver la celda. Así fue como yo pude llegar hasta la celda de mi hijo, comprobar que estaba vacía y que aún a medio beber estaba su taza de café y el pan que le llevé, así como una bolsa con algo de ropa gruesa que le envié en caso de que lo trasladaran a La Paz.
Cerca de las ocho de la noche, la señora Brun nos propuso ir a la Central de Policía. Las oficinas estaban cerradas, sin embargo gracias a la representante de la Cruz Roja, nos permitieron entrar en un canchón en el que habían muchos detenidos. Charlamos con varios de ellos para averiguar si los habían llevado allí. Cuando eran pasadas las nueve de la noche, la señora Brun nos dijo que ella haría las averiguaciones por su lado y que nosotros hiciéramos por el nuestro y que luego nos comunicaríamos.
Gladys Oroza de Solón

Mi esposo estuvo allí hasta el día primero de febrero. Una tarde, el señor Ernesto Morant, quien cada vez que me veía decía palabras que no vale la pena reproducirlas, dijo: “¡a esta mujer ya no quiero verla más aquí!… Mañana será el ultimo día que la vea porque me van a salir todos libres”. Entonces con esa esperanza, me fui a mi casa. Al día siguiente, cuando volví, me comunicaron que lo habían trasladado a la central y que podía ir allá a esperarlo. Entonces fui con la señora Gladys Oroza. Estuvimos toda la mañana, yo todavía estaba dolorida, así que me senté en unas gradas a esperar noticias. Se hicieron las 12:00 y 12:30 de la mañana y nadie nos dio ningún resultado. Volvimos a la seccional El Pari, y tampoco obtuvimos respuesta porque unos y otros se lavaban las manos diciendo que ya los habían dejado en libertad, y todavía con tono irónico hacían bromas pesadas como ésta: “si ustedes no los han visto es porque ellos no quieren volver a sus casas”. Imagínense, ¿cómo una persona después de estar presa no va volver a su casa y aun más cuando tiene hijos? Desde ese día [2 de febrero de 1972] nunca más vi a mi marido.
Beatriz Aguilar de Toledo

En ese entonces estaba preso en la Central de la Policía departamental que se encontraba en el edificio de la Independencia. En una ocasión (una tarde) llegaron dos mujeres que decían ser madres de dos universitarios que no los encontraban en ninguna de las prisiones, ni en El Pari ni en la central.
Esteban Renato Díaz Mata

A las siete de la mañana del día siguiente, cuando me disponía a ir a El Pari, llegó la señora Toledo, quien me indicó que venía de allí y que los muchachos no habían regresado. Nos dirigimos a la plaza, donde queda la Central de Policía. De esta manera hablamos con Justo Sarmiento, quien nos indicó que no nos preocupáramos, que les habían llevado en un avión hasta la frontera con el Paraguay.
Luego nos entrevistamos con Óscar Menacho, que nos indicó que habían sido llevados a Montero, población cercana a la ciudad de Santa Cruz. “Paye” González nos dijo que ya todo se había solucionado.
Finalmente, llegó Ernesto Morant. Ante nuestra insistencia, me tiró sobre su escritorio un radiograma firmado por Antonio Elío, subsecretario del Ministerio del Interior, en el cual se ordenaba poner en libertad a Carlos López Adrián, Alfonso Toledo Rosales y José Carlos Trujillo Oroza.
Esta noticia me causó estupefacción y sorpresa. Le manifesté que me dijera dónde, cuándo y en qué circunstancias. Me dijo que los habían llevado en un jeep hacia el camino a Cochabamba y que en un determinado lugar les habían dado cuatro horas para que desaparezcan de Santa Cruz. A lo que le repliqué que sabiendo que yo estaba allí, y que mi hijo tenía apenas 22 años, debía haberme llamado para entregármelo, que en La Paz existía un procedimiento en el que se exigía garantes cuando se ponía en libertad a alguien. Aturdida y desconcertada, retorné a mi alojamiento y en la tarde volví a El Pari, donde nos entregaron algunos objetos y no nos dieron ninguna explicación. Los periódicos y las radios cruceñas pregonaron que les pusieron en libertad a catorce detenidos; encabezaba la lista mi hijo, luego Carlos López y Toledo, de los que hasta hoy no se supo nada jamás.
Lo curioso es que Juan Antonio Elío estuvo en Santa Cruz hasta el 31 de enero [de 1972]. Me enteré que estaba otorgando la libertad a algunos detenidos. Fui a verlo a su domicilio y me dijeron que hace media hora que salió al aeropuerto para tomar un avión a La Paz.
Evidentemente Elío puso en libertad a otros detenidos, pero ¿por qué para dar libertad a mi hijo, a Carlos López y Alfonso Toledo, envió al día siguiente desde La Paz un radiograma ordenando su libertad?
Gladys Oroza de Solón