Gil Imaná: Homenaje a un maestro del arte y del amor

Habíamos pensado que las palabras alcanzarían para despedir al amigo, que los recursos exquisitos de nuestro idioma acudirían prontos para expresar los sentimientos emanados de los recuerdos y del cariño que le hemos tenido. Queríamos hablar de su vida y rendirle un justo homenaje acudiendo a evocar su compromiso con las esperanzas del pueblo y hablar de su magnífica obra; recordar algunos de los muchos vértices que representan su aporte al arte y, sobre todo, su extraordinaria capacidad de amar y crear. Queríamos compartirlo con quienes sienten hoy este inmenso vacío que deja la partida de Gil Imaná. Pero las palabras se han anudado y los recuerdos se han agolpado y apenas podemos decir “gracias”. Gracias por el regalo de haberlo conocido.

Gil Imaná ha partido, lo ha hecho en un tiempo de tristeza y de miedo. Pero hasta con su partida, como no podía ser de otra manera, nos ha llenado de esperanza porque a él sólo podemos recordarlo con ternura. Gil era ante todo, un maestro del amor y del oficio tierno de la creación.

Este caminante, nacido en 1933 en Sucre, fue testigo y protagonista de cambios trascendentales de nuestra historia. Se involucró y comprometió con las corrientes más progresistas y revolucionarias del arte de la época. Fue parte de una generación de hombres y mujeres de extraordinario valor para la cultura y la historia del arte boliviano y latinoamericano.

Formado desde muy joven bajo la tutela del maestro lituano Juan Rimsa, sus dotes y su potencial para la creación se desarrollaron en el taller de pintura del que participaron su hermano Jorge, José Ostria Gutiérrez, Josefína Reynolds y otros artistas.

Hacia 1950, su espíritu solidario lo llevó junto con otros pintores a visitar con frecuencia en su cama de hospital al joven Walter Solón Romero, maestro del muralismo y de las utopías de justicia social quien había sufrido un accidente en avión al volver de una estancia artística en Chile y concentraba la atención y el afecto de talentosos artistas jóvenes y rebeldes en Sucre. En torno a esos diálogos de amistad se fueron reuniendo más artistas, poetas, escritores e intelectuales que conformaron el Grupo Anteo, quizás uno de los movimientos culturales más representativos del sentimiento revolucionario de la intelectualidad y el arte comprometido en un tiempo de ebullición social que culminó con el proceso de la Revolución Nacional  de 1952. Esta  vertiente que  se  alimentó de su contacto con la tierra para hacer crecer sus alas, en coincidencia con el mito de Anteo y de las corrientes del arte social latinoamericano,  dio un impulso transcendental al arte mural y a otras expresiones artísticas e intelectuales desde la cultura en nuestro país.

Los artistas Walter Solón Romero, Jorge y Gil Imaná y los poetas Eliodoro Ayllón y Juan José Wayar fueron el núcleo al que se sumaron otras luces de la intelectualidad rebelde de esos tiempos: Héctor Borda Leaño, César Chávez Taborga, Lorgio Duchén, Félix Orihuela, Hugo Pope Estrambasaguas, Humberto Diez de Medina, Luis Chopitea y Lorgio Vaca Durán conformaron el Grupo Anteo, colectivo de vanguardia que desarrolló un pensamiento muy avanzado, cuestionador del racismo y el colonialismo imperantes y que a su vez constituyeron un homenaje a la fuerza transformadora de la amistad.

Gil encontró la plenitud de su ser en la complementariedad del amor con Inés Córdova, potosina, artista de gran capacidad para la innovación, pero sobretodo la compañera con la que compartió su vida por casi cincuenta años y a quien dedicó gran parte de su creación. 

No podríamos entender la ternura expresada en muchas de sus obras sin considerar la profundidad del amor y la sensibilidad que unió a estos dos artistas. No sería igual su trazo innovador y desafiante a las tradiciones de una sociedad colonial y racista, su forma de dibujar el encuentro con ese otro lado que la sociedad tradicional no quería ni mirar, ni reconocer, ni incluir.  Fueron los colores cálidos de la madre tierra, la pasión de los corceles del tiempo y el amor de los ojos de agua de su amada, los que guiaron su pincel para dejar testimonio de un arte rebelde, sensible y comprometido.

Hasta siempre Gil Imaná.

La Paz 31 de Enero de 2021

José Bedoya y Elizabeth Peredo, Asamblea de la Fundación Solón