por José Carlos Solón

Esta frase y este Quijote son de Walter Solón Romero. Fue a fines de los noventa cuando la cultura tomó la Plaza Murillo y el Palacio Legislativo. Era otra época. Cuando las artes y las culturas tenían carta de ciudadanía por los actores culturales y no estaban condenados al sótano y periferia de los ministerios ni se habían convertido simplemente en ornamento. Eran tiempos de reflexión sobre los 500 años de la conquista española. Un período en el que surgieron amplios debates sobre la descolonización y la interculturalidad.
Después vino el Estado Plurinacional y a las culturas y las artes no le fue mejor. La llamada “revolución democrática y cultural” no impulsó desde el Estado central un movimiento de artistas y actores culturales contestarios sino un arte decorativo de colores intensos y cruces andinas alrededor del culto a la personalidad del gobernante. El 2009, se creó por primera vez el “Ministerio de Culturas” en Bolivia que dio mayor visibilidad al nombre de la cultura, pero que no persiguió nunca impulsar su contenido emancipador y transformador. En 2020, el Ministerio de Culturas fue cerrado, y cuando se reabrió diez meses más tarde, bajo el título de “Ministerio de Culturas, Descolonización y Despatriarcalización” siguió sin impulsar procesos de rebeldía cultural ni de descolonización y despatriarcalización frente al Estado.
El 2025, dicho ministerio desapareció y se transformó en el viceministerio de culturas y folklore, bajo el “Ministerio de Turismo Sostenible, Culturas, Folklore y Gastronomía”. Su existencia fue efímera y ahora no se sabe cuál será el destino del viceministerio de culturas.
Bolivia vive múltiples crisis, pero quizás una de las más grandes que vivimos y que se percibe muy poco, es la crisis de comprensión de la cultura por parte de un pequeño grupo de decisores que está claramente perdido en su laberinto. La cultura no solo viene perdiendo presupuesto y atención, sino también su lugar en la mente de tomadores de decisión que, en realidad, no la entendieron. Este texto es, en ese sentido, un aporte para delinear pistas que nos permitan reabrir caminos, complementar visiones y avanzar nuevamente en la generación de la cultura.
1. Las culturas son un elemento plural. Los infinitos rincones del país dialogan en la interculturalidad. Esta es la conexión más profunda y fuerte entre organizaciones indígenas, campesinas, de interculturales y de trabajadores. Solo si entendemos la vital importancia de las culturas como un elemento plural, podremos construir los mecanismos de una política pública clara. Se trata de encontrar las expresiones diversas de aquello que nos enriquece: la diversidad en acción, el espacio compartido, una multiplicidad que va mucho más allá de la simple representación política.
2. Las culturas son un pilar transversal y fundamental del desarrollo. Las culturas son mucho más que un mero depósito de patrimonio, y es un error eclipsar su alcance detrás del turismo o la gastronomía, sin culturas no sería posible pensar en ninguno. Su alcance es amplio y está profundamente arraigado en la multitud de expresiones que construyen nuestra identidad y nuestra realidad material. Las culturas detentan un potencial generador de recursos, pero, sobre todo, son el sostén de un trabajo articulado y de cadenas de valor internas que promueven y generan empleo.
3. Las culturas vivas trascienden “el evento”. Uno de los peores errores de este pequeño grupo de decisores ha sido intentar reducir nuestra riqueza a un mero espectáculo de exportación. Por ello resulta tan alarmante la intención de rebajar el ministerio a una simple «agencia», como si se tratara de un mero organizador de eventos. El riesgo yace en un vaciamiento de las culturas de su profundo contenido político y social. Las culturas vivas son espacios de deliberación, de organización comunitaria y de ejercicio de derechos. La institucionalidad cultural no está para armar tarimas; debe ser garante de que esta diversidad tenga voz y peso en la toma de decisiones, respetando sus propios mecanismos y cosmovisiones.
4. Las culturas son los sueños y las expresiones artísticas. Los artistas, sean músicos, actores, creadores plásticos o visuales, son un sector fundamental y el corazón de la creatividad de aquello que hace a Bolivia. Ellos representan nuestra mirada desde adentro y hacia adentro. ¿Acaso es posible pensar en proyectar a Bolivia hacia el mundo si no hemos terminado de ver la Bolivia que perciben, materializan y encarnan nuestros propios artistas? No, simplemente no es posible. La perspectiva del artista es indispensable para construir un país nutrido por diferentes visiones. Si en algo se materializa la cultura boliviana, es en los sueños que cobran forma y cuerpo a través de su trabajo.
5. Las culturas no son un gasto insulso. Al contrario, son una inversión estrictamente necesaria para comprender y medir la verdadera temperatura y salud de una sociedad. Sin culturas, no tenemos nada; sin patrimonio en sus múltiples expresiones, estamos vacíos. Promover mecanismos de gestión para la cultura es una cuestión de interés nacional, pues implica comprender que, más allá de todo lo que podamos innovar tecnológicamente, existen elementos fundacionales mucho más importantes.
6. La cultura es la primera línea de memoria y resistencia social. En tiempos de agudas crisis, algunos suelen ver al sector cultural como el primer gasto recortable, ignorando que es precisamente este el principal refugio y aglutinador de la sociedad. A través de la memoria colectiva, el arte, la tradición oral y la creación contemporánea, procesamos nuestros traumas, denunciamos las injusticias y encontramos la solidaridad necesaria para seguir. Desmantelar la institucionalidad cultural en medio de una crisis es apagar la luz justo cuando el país más necesita verse a sí mismo para encontrar salidas.
Me dirán que el hecho de que el Ministerio de Culturas haya dejado de existir para convertirse en una agencia, o que algunos viceministerios sean reubicados en otras carteras, no debería preocuparme. Pero me preocupo. Es un error garrafal considerar que reubicar significa que el problema no existe. Ciertos actores del sector vienen diciendo desde hace años: «¿Para qué un ministerio si no sirve de nada?». Lo cierto es que la institucionalidad es un espacio fundamental para pensar en nuevas formas de ampliar y democratizar el acceso a las claves que sostienen a nuestro país, quizás la única alternativa para pensar en lo posible. Entender el cuidado de un sector tan grande y potente es vital. Sin culturas, no pierde solo Rodrigo Paz, perdemos absolutamente todos.
«Cultura es lo que queda cuando ya no queda nada», quizás, hoy nos estamos acercando a ese punto donde no queda nada. Las señales de recorte del aparato estatal para organismos internacionales, como el FMI, han rebasado cualquier frontera del realismo mágico. Estamos en caída libre dentro de un proceso político que, sencillamente no ha entendido cómo funciona Bolivia. En esta improvisación constante nos estamos quedando con las manos vacías en todos los sentidos, no sólo de dólares y gasolina, sino de esperanza.
Pero cuando ya no quede nada, quedará la cultura, quedará la historia labrada en piedra, en tejido y en cerámica. Son huellas que se pueden olvidar o negar, pero que siempre están ahí, en las manos y el hacer de quienes labran una multiplicidad de sueños inconclusos. Es la creatividad hecha raíz, que nos invita a repensar nuestro presente y nuestro futuro. Es la rebeldía del arte y la cultura, esa que jamás podrán borrar ni los poderosos ni los ajustes estructurales.











