Los agroquímicos más usados en Bolivia: entre toxicidad y prohibiciones internacionales

Por Guillermo Villalobos M.

20 de mayo de 2021

Hasta finales de 2020, el Servicio Nacional de Sanidad Agropecuaria e Inocuidad Alimentaria (Senasag) tenía registrados 2.120 productos de insumos agrícolas en todo el país, de los cuales 1.863 eran plaguicidas químicos de uso agrícola[1]. Estos plaguicidas químicos se centran principalmente en tres categorías: herbicidas (35,5%), insecticidas (33,3%) y fungicidas (27,8%) (Gráfica 1). Siendo que la mayoría de ellos (el 46,2%) están destinados al cultivo de soya, luego al barbecho (10,9%), al cultivo de arroz (10,6%), maíz (7%), papa (3,4%), caña de azúcar (2,4%) y trigo (2,3%), entre otros (Senasag, 2020).

Bolivia depende enteramente de los plaguicidas importados de otros países, ya sea de forma legal o ilegal (AEMP, 2019).  La amplia mayoría de los plaguicidas químicos de uso agrícola que contaban con un registro sanitario vigente hasta finales de 2020 provenían de China (equivalente al 49,8 % del total), y en menor medida de países vecinos y foráneos como: Uruguay (9,6%), Paraguay (6,7%), India (6,3%), Brasil (4,5%), Argentina (4,7%), Ecuador (2,7%) y Perú (2,1 %) (Mapa 1). 

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El viraje hacia el modelo agroexportador dependiente de agroquímicos

Por Guillermo Villalobos M.

El uso de agroquímicos está estrechamente ligado al predominio de un modelo económico y de un paradigma agrícola que tiene sus orígenes en la Revolución Verde[1]. A la Revolución Verde se la entiende como un modelo de asistencia agrícola – impulsado principalmente por los Estados Unidos – que durante los años cincuenta y sesenta fue exportado a los países del sur global bajo el discurso de “modernización” y “lucha contra el hambre mundial” (Méndez, 2017).

La revolución verde se basó en cuatro paradigmas centrales: 1) la investigación científica y las innovaciones tecnológicas, 2) la producción intensiva mediante la implementación de insumos químicos (esencialmente fertilizantes y pesticidas), 3) la mecanización del proceso agrícola (principalmente uso de tractor y sistemas de irrigación) y 4) la selección genética y desarrollo e implementación de nuevas semillas de alto rendimiento (Ceccon, 2008).       

El segundo gran impulso en el uso de agroquímicos se da desde los años ochenta hasta nuestros días, cuando la Revolución Verde entró en su segunda fase histórica, denominada también como “revolución genética o biotecnológica” (Picado, 2013). El elemento principal de esta segunda fase fue la incorporación de nuevas tecnologías orientadas a los Organismos Genéticamente Modificados (OGM) o transgénicos, así como los mercados más globales y liberalizados que profundizaron dinámicas extractivistas con base en la extracción de nuevos commodities agrarios, tales como la soya, el maíz y el trigo, entre otros (Hotz-Giménez et al., 2013).  

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¿Qué son los agroquímicos?

“A pesar de las recientes estimaciones de que las repercusiones económicas de los plaguicidas en las especies no destinatarias (incluidos los seres humanos) ascienden aproximadamente a 8.000 millones de dólares anuales en los países en desarrollo, el uso de plaguicidas está aumentando y se utilizan millones de toneladas de ingredientes activos de plaguicidas en la agricultura” (FAO, 2018)

Por Guillermo Villalobos M.

Cada año en los campos de cultivos de todo el mundo se aplica millones de toneladas de agroquímicos. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) a nivel global se rocían unos 4.6 millones de toneladas de plaguicidas químicos al año y unos 115 millones de toneladas de fertilizantes nitrogenados.[1] Solo durante el 2018, la FAO estima que se usaron unos 188 millones de toneladas de fertilizantes, 40% más que en el 2000. Mientras que, para el 2018, se usaron 4,1 millones de toneladas de pesticidas, 33% más que en el 2000 (FAO 2020).

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Agroquímicos, cóndores y la amenaza a la vida silvestre

Por Guillermo Villalobos M.

El pasado 5 de febrero de este año, 34 cóndores (Vultur gryphus) y otras siete aves rapases – 5 buitres de cabeza roja (Cathartes aura), un gallinazo de cabeza negra (Coragyps atratus) y un carancho (Caracara plancus) – fueron halladas muertas en una quebrada cerca de la comunidad de Laderas Norte, a unos 20 km de la ciudad de Tarija.[1] El hecho sucedió debido a un envenenamiento, presuntamente por comunarios locales que – mediante un chivo envenenado que actuaba como señuelo – buscaban “eliminar” un depredador que amenazaba a su ganado.[2]

Los resultados de los análisis de laboratorio llevados a cabo por el Instituto de Investigaciones Forenses (IDIF) de La Paz señalan que las aves fueron envenenadas con Carbofurán.[3]El Carbofurán (también conocido como Carbofurano) pertenece al grupo químico de los carbamatos y es el ingrediente activo en distintos insecticidas utilizados en una variedad de cultivos como la papa, el maíz, la soya, entre otros.[4]

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Agroquímicos: El país de las normas pisoteadas

Por: Guillermo Villalobos M. y Blanca Ramírez

Según la Organización de las Naciones Unidas de la Alimentación y la Agricultura (FAO), el uso de plaguicidas en Bolivia se duplicó entre 2005 y 2018, pasando de 7.146 toneladas a 14.758 toneladas respectivamente.[1] El mayor uso de plaguicidas está estrechamente vinculado con la introducción de la soya durante los 90 y más específicamente con la legalización de la soya genéticamente modificada resistente a glifosato evento (40-3-2) en el 2005.[2] De acuerdo con el Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), las importaciones de plaguicidas se incrementaron en 491% desde el 2007 al 2016, pasando de 6.594 toneladas en el 2007 a 39.000 toneladas el 2016, por un valor acumulado de 1.652 millones de dólares americanos.[3] Solo el año 2019, Bolivia importó un total de 52.489 toneladas de plaguicidas[4] por un valor FOB total de 247 millones de dólares americanos.[5]

Muchos de los plaguicidas que se importan legalmente al país tienen niveles de toxicidad elevados y son restringidos en otros países. Un estudio en 2018 reveló que, de los 229 ingredientes activos con registro sanitario de ese año, 164 eran considerados altamente tóxicos y 105 estaban prohibidos en otros países.[6] Paradójicamente Bolivia cuenta con un amplio marco legal que regula e incluso prohibió el uso de agroquímicos – plaguicidas, fungicidas, herbicidas, etc. – en el país; comenzando desde la misma Constitución Política del Estado, numerosas leyes y resoluciones administrativas, hasta varios tratados internacionales. A pesar de este marco legal, los datos develan que el país va en contra marca a lo dispuesto en su normativa.

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